Buscando el propósito de nuestro trabajo

06.07.2018

¿Cuántos de nosotros hemos tenido alguna vez la sensación de que  las cosas no fluyen del todo en nuestra organización? ¿De que no estamos siendo capaces de sacar chispas al negocio, a nuestra estructura y a nuestra gente? ¿Cuántas veces sentimos que necesitamos un empujón o un chute de energía colectiva, que necesitamos hacer las cosas de otra manera e ilusionarnos?

En muchas ocasiones nos dejamos llevar por la corriente y nos introducimos en dinámicas que, dirigidas por la inercia, y agitadas por la prisa, lejos de activarnos nos desgastan poco a poco. Corremos y nos aceleramos por los pasillos, trabajamos muchas horas bajo presión y damos respuesta a los retos del negocio. Pero al pararnos a pensar, algo no encaja.

Las personas no queremos trabajar solo para llevarnos un sueldo a casa. Nos gusta saber que nuestro esfuerzo sirve para algo, que lo que hacemos repercute a otras personas, y que estamos contribuyendo a dejar el mundo un poco mejor de lo que lo encontramos. Y esto no es algo solo de los Millennials, esta nueva generación que parece revolucionar al mundo. La historia ha estado llena de revolucionari@s que han luchado y trabajado por algo más que su propia subsistencia, por causas de mayor trascendencia, y por hacer una aportación a algo superior a ell@s mism@s.

En las empresas ocurre lo mismo. Cuando nuestro trabajo adquiere un sentido, cuando pensamos más allá de las tareas de la agenda, podemos conectar con nosotros mismos y con los demás. Conectamos con nuestros intereses y con las necesidades de otros; con lo que nos mueve y lo que la sociedad reclama de nosotros. Cuando las organizaciones nos dan la oportunidad de dar sentido a nuestro trabajo, y a tantas y tantas horas que le dedicamos, empezamos a notar una corriente de energía positiva que tira de nosotros. Porque merece la pena.

Dice Richard Barret, experto de referencia en materia de gestión de la cultura organizativa, algo así como, que cuando las personas resuenan con los valores de la organización, es decir, que sus valores personales se ven reflejados en los de la organización, surge el compromiso. Y cuando el propósito de la organización se alinea con las motivaciones personales, entonces surge la pasión. Dotar de sentido a nuestro trabajo y encontrar en la organización un lugar donde satisfacer nuestros intereses personales eleva la relación trabajador-empresa a otro nivel. Incluso, parece obvio pensar que si demandamos de las personas una mayor implicación a nivel emocional (compromiso, sentido de pertenencia, vestir los colores), tendremos que empezar a pensar en aportarles valor y trabajar con ell@s, también en términos emocionales.

Hablar del propósito en las empresas, trascendiendo incluso los conceptos de misión, visión o retos estratégicos, nos permite acercarnos más a aquellas razones humanas que hacen que estemos aquí, como organización y como personas.  Daniel Pink, en su libro Drive: La sorprendente verdad acerca de lo que nos motiva, habla de que hay tres factores principales que generan implicación, y uno de ellos es el propósito. El propósito responde a para qué hacemos lo que hacemos, qué es lo que realmente perseguimos, y nos liga con una causa más grande que nosotros mismos. Nos permite hablar de lo que nos mueve, de nuestros intereses y de lo que entendemos como éxito compartido.

Reflexionar de forma conjunta sobre el propósito de la organización da sentido a las cosas, aporta claridad y marca el foco; algunos debates y argumentos superfluos se desvanecen y nos centra en lo que de verdad nos importa. Y es entonces, cuando las personas ven en el proyecto organizativo la posibilidad de dar respuesta a sus intereses personales, cuando el compromiso emocional empieza a surgir de forma natural y la organización se convierte en un espacio que maximiza el potencial de su gente. Un proyecto compartido y un propósito integrador son la base de una cultura organizativa y unas formas de hacer que pueden ser una fuente de ventaja competitiva clara para las organizaciones.

Es cierto que, en general, trabajar la cultura organizativa, dirigirla, y desarrollarla de forma explícita es una labor compleja. Resulta un concepto tan amplio, y para algunos etéreo, que nos cuesta vislumbrar por dónde empezar a trabajar y como abordarla en su totalidad. Muchas veces, nos parece que nos enfrentamos a una realidad de tal magnitud que se nos hace difícil de comprender su alcance y de controlar todos sus efectos. Sin embargo, hay muchas empresas de nuestro alrededor que comienzan a tener experiencias en esta línea, y a obtener resultados positivos, y en algunos casos, incluso inesperados.

En el próximo post os presentamos algunas empresas que trabajan su cultura organizativa como fuente de su ventaja competitiva, y nos cuentan cómo entienden su cultura, cuál es su filosofía para abordarla y algunas prácticas concretas que pueden servir de inspiración.

Podéis ver toda esta información aquí.

Desarrollar la cultura organizativa es una tarea a largo plazo pero que se puede trabajar poco a poco, paso a paso. Para aquellos que creéis que este es vuestro momento, os recomiendo el post de Cristina Martínez, que nos presenta algunas claves para abordar una reflexión estratégica participativa, una buena opción para comenzar a construir un proyecto compartido.

Etiquetas

No hay comentarios>

ìSé el primero en comentar!

Deja tu comentario


− 9 = cero